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El Remedio Para el Pecado

Aparentemente el Apóstol Pablo tenía lo que algunos llamarían “Una Obsesión Magnífica”. Para alguien tan intelectual y religiosamente instruído en el arte de la persuasi ón, parece más que raro oirle decir:

“Pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a
Jesucristo y éste crucificado”. I Cor. 2:2


Suena como una determinación extraña considerando que los corintios, como todos los griegos, apreciaban la sabiduría, el oratorio y la pol émica.


Creo que había dos razones principales por esta decisión. Primero, Pablo había llegado a Corinto después de un intento de convencer a los atenienses que “el Dios no conocido” era el Dios de los hebreos, Quien había abierto la puerta de la fe en El a los gentiles en la Persona de Jesucristo. Segundo, estaba convencido que la fe que salva al mundo tiene que basarse en las Buenas Nuevas de lo que Jesucristo hizo. Este es el Primer Remedio de la enfermedad mortal del pecado.


La sabiduría humana rechaza como una locura la idea de un Salvador crucificado. Cualquiera está dispuesto a escuchar hablar de lo que ha ayudado o lo que parece ser un “buen camino”. Pero no quiere oir que s ólo hay un Camino a Dios, el Cristo crucificado.


El mundo quiere un “Cristo inteligente” que enseña cómo hacernos poderosos por ponernos en contacto con poderes espirituales. Las experiencias espirituales de personas famosas y poderosas son muy impresionantes. Pero no señalan el único Camino a Dios por la muerte de Jesús. Estos mensajes modernos no subrayan la necesidad de la Cruz de Cristo para poder llegar a Dios. Esto mismo demuestra su origen: aquel espíritu mentiroso que odia la Cruz de Cristo Jesús.


En la Cruz de Jesucristo también encontramos el Segundo Remedio para el pecado y su dominio en nuestra carne humana. Pocas veces oímos esto pero era una parte integral de las Buenas Nuevas del Apóstol Pablo. El mensaje de la Cruz vence el poder del pecado en la vida del cristiano. Claro, va en contra de la mentalidad del mundo que opina “Haz lo que quieres. Si se siente bien no puede ser malo.” El mundo no quiere ningún freno a sus desos y placeres.


El pecado es “infracción de la Ley” (I Juan 3:4). Cuando vamos en contra de la Ley divina nos hacemos esclavos del pecado. “¿No sabéis que cuando os presentáis a alguno como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16). Jesús vino para librarnos del poder del pecado para que seamos “verdaderamente libres” (Juan 8:32-36). El cristiano lucha con el pecado en su naturaleza humana. Las Buenas Nuevas son: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con El, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruído, a fin de que no no seamos esclavos del pecado” (Rom. 6:6). No hay vacaciones ni cese de fuego en esta lucha con el pecado. No hay un arreglo rápido ni una sola experiencia que soluciona el problema del pecado en nosotros. Solamente en la Cruz de Jesucristo podemos ser libres y vivir en victoria, en la plenitud del Espíritu Santo y con abundantes bendiciones divinas de la salvación.


Muchos cristianos no creen esto. Unos buscan “una experiencia” que les libre de su esclavitud al pecado. No quieren tomar la solución de la Cruz porque les lleva a la muerte del ego, del “yo”. No lo quieren. Es doloroso y humillante admitir que “yo soy carnal, vendido al pecado” (Rom. 7:14) y que no hay remedio aparte de la co-crucifixión con Cristo.


La Cruz de Cristo, el Segundo Remedio al dominio del pecado, es el único que Dios da y el único que necesitamos. Si un cristiano no ha entendio esto buscará una solución en una doctrina u otra, una experiencia u otra, un grupo u otro. Pablo escribió a los gálatas: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy el que vive, sino que vive Cristo en mí; y la vida que ahora vivo en la carne la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mi” (Gál. 2:20). Era el secreto de su vida triunfante. Notemos que es por fe, no por vista (II Cor. 5:7). No por experiencias. Es algo que podemos vivir solamente por la fe. Buscar por otro camino sólo lleva a la desilusión. El que cree que no necesita más que “la mano de Dios” para vivir feliz no se da cuenta de la seriedad del problema del pecado en su cuerpo. El poder del pecado tiene que ser desactivado, anulado, desarmado por la Cruz de Jesucristo.


¿Cómo podemos entrar en esta realidad? Romanos 6:11-13 da la respuesta: “Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezcáis sus lujurias; ni presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros membros a Dios como instrumentos de justicia.”


Primero, tenemos que considerarnos muertos al pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús – única y exclusivamente en El y en Su Cruz que trata debidamente al pecado en el cuerpo.. Considerarse es un término de la contabilidad que significa aceptar como verdad una operación matemática y trabajar con ese resultado como base para el manejo de una cuenta. El tiempo presente del verbo en el griego implica que es algo que tenemos que hacer constantemente. ¿Estás considerándote muerto al pecado y vivo para Dios solamente en tu Señor Jesucristo, por Su muerte y resurrección? Si confiamos un poquito en nosotros mismos, pensando que podemos vencer, que somos mejores que antes, no estamos considerándonos muertos y vivos sólo para Cristo. La fe es la única base para la victoria.


Segundo, no debemos seguir haciendo lo malo, dejando al pecado reinar en nosotros, excusándonos con “voy a mejorar un poco más en este punto”. El tiempo presente del verbo significa que continuamente necesitamos luchar con el pecado para que no reine. No podemos dejar vivo ningún pecado, ni escoger entre pecados y evitar unos pero no otros. El pecado no debe ser tolerado. La solución está en nuestra relación con Jesucristo. Tenemos que practicarla siempre para tener la victoria plena que El ofrece.


Tercero, no debemos seguir presentando nuestros miembros al pecado, sino con un acto definitivo presentar nuestros cuerpos y miembros a Dios como vivos, resucitados con Cristo de entre los muertos, para vivir ahora solamente en El y para El. Esta presentación es una entrega de sumisión a El como Señor de nuestra vida. No es una actitud o disposición. Es una decisión que tenemos que tomar. En este caso el verbo no es un acto continuo sino un acto de fe, una declaración de fe y de dependencia sólo en Dios y lo que El hizo para vencer el pecado en nosotros. Este es el remedio que podemos experimentar cada vez que nos damos cuenta que el pecado nos quiere dominar y necesitamos Su liberación. No hay liberación aparte del poder de la Cruz de Jesucristo aplicado por la fe a nuestra vida en El. Entonces, cuando estamos realmente en El por la fe somos nuevas criaturas, las cosas viejas pasan y las cosas nuevas vienen.


¿Cómo se relacionan las disciplinas de la vida con este mensaje de la Cruz? ¿Es suficiente cumplir con las disciplinas de la lectura de la Biblia, la oración, la comunión, etc.? Son importantísimas para mantener esta visión de la Cruz y nuestra posición en Cristo. Son vitales para permanecer en Sus palabras y en la Vida. Pero pueden llegar a ser como las prácticas religiosas de los judíos en el tiempo de Cristo: sus “ritos” llegaron a ser el fin en vez del medio, un sustituto por la esencia misma de la obediencia, formas que les cegaron a la Luz misma. Contentos con “cumplir”, rechazaron y crucificaron a Cristo Jesús porque El demandaba un discipulado demasiado radical, demasiado difícil. “Dura (difícil) es esta palabra” dijeron los pseudodiscípulos y luego volvieron atrás frente a las enseñanzas de Jesús (Juan 6:60).


Amigos, no hay otro discipulado que el de estar comiendo el cuerpo del Cristo crucificado con una co-crucifixión con El (Lucas 9:23). Tenemos que beber la sangre que fluyó de Su Cruz con una fe viva que practica la muerte al YO para andar en comunión con El. Así Su sangre nos sigue limpiando de todo pecado (I Juan 1:7). Este es un llamamiento a todos a basar nuestras vidas sobre nuestra identificación como discípulos del Crucificado que nos llama a seguirle en todo. Esta es la vida abundante de fruto y santidad. Ninguna otra le glorifica ni le agrada ni sirve a los demás.


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