UNA BÚSQUEDA QUE NO TERMINA

UNA BÚSQUEDA QUE NO TERMINA
Ps. Fernando Alexis Jiménez

Habían ido a visitar la finca de unos amigos. El lugar era hermoso, enclavado entre montañas de un verde intenso, producto de la espesa vegetación que se perdía a lo lejos, hasta donde llegaba la mirada.

Aun cuando fuera de mañana, el sol apenas sí lograba vencer las espesas nubes y la neblina que cubrían aquel territorio.

Pasadas las cuatro de la tarde, debido a la niebla, se dificultaba ver más allá de diez metros.

Era sábado. Recién habían llegado. Reinaba el silencio. Una que otra ave rompía la tranquilidad. El ambiente que un escritor podría definir como de tiempo latente, es decir cuando imaginariamente los segundos, los minutos, las horas y los días no avanzan y absolutamente todo se detiene en el tiempo.

Pese a la advertencia del padre, el grupo de seis primos decidieron recorrer uno camino vecino y, aprovechando un descuido, se internaron en las montañas. Primero fue delicioso correr entre árboles y arbustos, pero pasada una media hora sintieron angustia y la alegría inicial se convirtió en pánico.

Los adolescentes se perdieron y antes que encontrar la vía de regreso, se internaron en la zona boscosa. Las sombras de la noche, que comenzaba a caer, contribuyeron a agudizar el problema.

Sus padres tardaron diez horas en la búsqueda. Hicieron todo lo que estuvo a mano, inclusive llamar a los cuerpos de socorro. Luego de un afanoso ir y venir, lograron dar con el paradero de los muchachos.

--Estoy muy feliz de hallar a mis hijos—dijo la madre al explicar al Diario O´Globo, de Brasil, la profunda emoción que la embargaba porque ya los creía perdidos.

 

Dios le busca... déjese encontrar

Una historia con un principio trágico, que tuvo un final feliz. Así describía el periódico capitalino el incidente ocurrido en una extensa área próxima al Amazonas. El amor de los progenitores afloró. No les importó cuánto debieron hacer. Su mayor anhelo era encontrar a sus hijos.

Esa ilustración es la que mejor encaja en la búsqueda que hace Dios de su vida.

Él conoce su situación. Sabe a ciencia cierta cuáles son sus sueños, metas y anhelos. Sabe lo mucho que puede alcanzar con Su divina ayuda. Él no descansa llamando a su puerta. El Señor Jesús dijo al respecto: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”(Lucas 19:10).

Hace pocos días, apenas terminó el servicio religioso en nuestra congregación, un hombre se acercó. “Escuché el mensaje completo—me dijo--. Todo suena bien, pero para aquellos que hacen el bien. Yo no haga nada bien”. Y a partir de esa afirmación buscamos en las Escrituras cuál es el maravilloso mensaje de esperanza que Dios tenía para él y que tiene también para usted.

Su vida puede cambiar y ser diferente si le abre el corazón a Jesucristo. Nada será igual. En su vida personal y espiritual todo será diferente...

 

Todavía hay esperanza

La búsqueda de Dios sólo terminará el día que le abra las puertas de su corazón. Hacerlo es fácil. Basta que le diga, allí donde está y en oración: “Señor Jesucristo, gracias por perdonar mis pecados en la cruz.

Te recibo en el corazón como mi único y suficiente Salvador. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea”.

Lo felicito por hacer esta oración. Es el paso primordial para su transformación personal y espiritual. Ahora hay otros pasos sumamente sencillos que le sugiero. El primero, haga de la oración un hábito diario y constante.

Orar es hablar con Dios. Traerá crecimiento a su ser. El segundo, comience a leer las Escrituras. En ella aprenderá valores y principios para aplicarlos a su desenvolvimiento cotidiano. El tercero es comprender y poner en práctica el principio de congregarse en una iglesia cristiana.

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